La buena vida I

Las 08.00, se puso el guante de plástico y empezó a echar gasolina. Mentalmente repasaba los puntos claves para la visita que tenía a las 09.00 en las oficinas de su cliente. Si cerraba la venta, sería su mayor logro profesional, era “el cliente”, el más deseado en el sector, el más difícil de conseguir y el que más le iba a llenar el bolsillo.

Tenía que pagar el cochazo que hacía menos de dos meses se había comprado, seguir pagando la altísima hipoteca, y los gastos infinitos que le producía su alto nivel de vida. El club de golf, los viajes a países exóticos, las cenas en restaurantes de diseño, la carísima ropa que siempre vestía, y un montón de facturas más que no sabía muy bien de dónde salían, pero como tenía dinero para pagarlo, no reparaba en ello.

Dejó el boquerel en su sitio, se quitó el guante y entró en la tienda para pagar. Remoloneó unos minutos en el stand de la prensa y finalmente cogió varios periódicos y una revista de barcos, estaba pensando en comprarse uno el próximo verano.
Cuando estaba en la cola para pagar, sonó el móvil, era su jefe, que le decía que fuera a la oficina, que se olvidara de la visita y que sin demorarse ni un minuto fuera a su despacho.

Le extrañó mucho, su jefe había estado serio y rudo con él, y no le había dado ni una sola explicación.
Durante todo el camino fue dándole vueltas a la cabeza, ¿qué podía ser aquello tan importante para dejar de lado “la visita”? Empezó a ponerse nervioso, no podía entender qué había ocurrido, el negocio iba bien, él era el mejor en su trabajo, su departamento crecía y crecía, sus chicos funcionaban como una máquina bien engrasada, sin problemas, sin quejas, era el departamento al que todo el mundo quería ir a parar. ¿Habría hecho algo alguno de sus chicos? ¿Algún cliente se había quejado?

Por más vueltas que le daba, no podía imaginar qué era lo que ocurría en la oficina que fuera tan urgente.
Aparcó en su plaza reservada, se puso la chaqueta, y recogió la bolsa con el portátil, iba siempre con él a cuestas, com si formara parte de su cuerpo. Subió al ascensor y pulsó el botón. Salió del ascensor, serio y concentrado, y se fue en busca de su secretaria, la encontró fuera de su sitio, charlando con otras tres secretarias, le preguntó si sabía de que iba todo esto, y ella le respondió encogiéndose de hombros y bajando la cabeza.

Se paró delante de la puerta del director, cogió aire y llamó, le abrió la puerta la secretaria y le dijo que se sentara un momento, que enseguida le atenderían.
Se abrió la puerta y apareció el gran hombre, gran hombre en todos los sentidos, por entidad y por presencia física. Le saludó cortesmente y le indicó que entrara en el despacho. Allí había dos persona más a las que nunca había visto antes, le saludaron y tomaron asiento en el sofá de piel que quedaba ligeramente apartado de la mesa del jefe.
Se sentó en un sillón amplío y cómodo, en el que ya había estado muchas veces charlando con el manda más.

El jefazo no se sentó, se apoyó en la mesa con las dos manos, y mirándole fijamente a los ojos, le dijo que debía entregar la tarjeta del párking y las llaves de la oficina. Tenía media hora para recoger las cosas de su despacho.

No se podía mover, estaba petrificado, no entendía nada, ¿qué había hecho mal? ¿dónde estaba el error? ¿qué ocurría?
Su jefe le explicó, sin andarse por las ramas, que su sueldo y sus comisiones eran un lastre para la empresa, y a pesar de apreciar la gran labor y el importante negocio que había aportado a la compañía, habían encontrado a alguien que podía realizar su trabajo por la mitad de lo que él ganaba. Incluso, en voz un poco más bajita, reconoció que seguramente no lo haría tan bien como él, pero que el ahorro era ahora mismo lo más importante.

Cabizbajo y contrariado salió del despacho principal acompañado por uno de los tipos que había asistido a su despido. Le siguió a cierta distancia, prudentemente, pero sin quitarle ojo de encima. Llegó a su despacho, y todavía en trance, recogió sus enseres personales, los metió en una caja que se encontró encima de la mesa de su despacho, y salió sin levantar la cabeza.

Una vez en el garaje, se subió a su flamante coche, respiró hondo, cerró los ojos, y tras un par de minutos asimilando lo que había ocurrido se dirigió hacia la salida, dónde entregó la tarjeta a su obstinado acompañante, el cual se despidió amablemente de él con una medio sonrisa en los labios.

Tomó el camino de vuelta a casa, casi sin darse cuenta deshizo el camino que apenas una hora antes había recorrido. En cuanto llegó a la puerta de su casa, aparcó el coche, y abrió la ventanilla del coche. Respiró hondo de nuevo, cerró los ojos con todas sus fuerzas, e intentó que brotara alguna lágrima, de tristeza, desesperación, frustración, o lo que fuera que debía sentir en ese momento, pero nada, ni una sola gota de solución salina. Abrió los ojos de nuevo, observó el césped perfectamente cortado, las flores inmejorablemente alineadas, y aspiró con fuerza todo el aire que pudo, lo retuvo y luego lo soltó lentamente. Cerró la ventanilla, salió del coche y se sentó en el suelo humedecido por el riego automático de su fantástico jardín. Esbozó media sonrisa, puso la cabeza entre las piernas y se quedó durante un largo rato allí sentado, mojándose el culo, riéndose cada vez con más ganas.

Su “buena vida” se había acabado. Esto era el fin de todo por lo que había luchado y trabajado duramente toda su existencia.

Empezaba algo nuevo, se sentía bien, con fuerza, iluminado, capaz de hacer lo que quisiera. Empezaba algo nuevo.

Continuará …

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s