La buena vida II

Tres días después de haber sido despedido, y en teoría hundido, se levantó de la cama, se duchó, se fue a su despacho y se sentó delante de su ordenador, sin encenderlo, contemplando su reflejo en la pantalla.

Había pensado mucho en lo que había sucedido, pero sin buscar explicaciones, simplemente enfocando su energía en analizar qué había estado haciendo los últimos diez años. Analizándolo desde el punto de vista emocional, se había preguntado ¿realmente hacías lo que querías? o simplemente hacía lo que se esperaba de él, pero maldito estúpido, ¿quién esperaba qué de tí?. En su cabeza rondaban las ideas, ¿cómo había llegado tan “alto”?. ¿Qué inercia le había llevado a dónde estaba? ¿Quién era él? ¿Qué pintaba en todo lo que le había sucedido? Nada, él se había dejado llevar, tenía que ser el mejor, el más fantástico, el hombre perfecto, ganador, con todos los triunfos en el bolsillo. No recordaba quién le había metido esas ideas en la mollera, y era lo que llevaba tres día agobiándole. ¿Quién le había mandado hacer qué?

Sus padres lo único que le habían dicho era: sé libre, decide por tí mismo, haz lo que quieras. Y no había seguido ese consejo, lo que había llegado a ser no se lo habían exigido sus padres, ni ninguna de sus novias, ni sus amigos, nadie le había susurrado al oído que debía llegar a ser lo que era.

Buscó culpables en los que dirgían el país, o el mundo, incluso indagó en la religión que conocía y había practicado de pequeño. Nada, no había a quién echarle la culpa de su frustrante y superifcial “buena vida”. En realidad, él había tomado sus decisiones, a lo mejor sí había seguido el consejo de sus padres, y había hecho lo que había querido. Ni de coña, pensó, esto no es lo que yo quería, ¿en qué he invertido la mitad de mi vida?

Pero esa mañana se levantó con la mente despejada. Igual que había decidido por sí mismo llegar “tan alto” y ser un “hombre de provecho”, acababa de decidir desenfocar su vida para poder reenfocarla de nuevo. Era increíble, tenía todo el poder en sus manos. Era libre.

Trazó un plan para desenfocar su “buena vida”. Primero puso a la venta su magnífica casa, y su flamante coche, se deshizo de un montón de inutilidades que poseía. Empaquetó todos los carísimos trajes que tenía y los guardó para regalárselos a alguien que todavía no tenía pensado. Cada traje en un paquete con varias camisas, corbatas y dos pares de zapatos.

Su Casa parecía zona de guerra, con montones de cajas, con títulos grandes indicando su contenido y su objetivo, vender, regalar, conservar…

Úna vez terminada la primera etapa, ya estaba totalmente desenfocada su “buena vida”, ahora empezaba lo más duro, enfocar hacia adelante, reenfocar su vida. Esto le había llevado 3 meses, que le pasaron volando, sin darse cuenta.
Además de reorganizar lo que tenía, había empezado a indagar quién estaba en su vida por lo que tenía, y quién por lo que era. Sabía que esto le iba a llevar más tiempo, peró empezó, que era lo más difícil.

Luego se planteó que debía saber quién era, qué quería, qué camino tomar. Las grandes preguntas de la filosofía clásica. Nada fácil, pero tenía el convencimiento que después de haber liquidado a su antiguo yo, ahora la cosa sería más fácil.

Las conclusiones fueron llegando a base de poner el corazón en la mano, escuchó en su interior, en lo más profundo de su ser.

Tomó el tren y se fue a un pueblo, al que había ido muchas veces a pasar fines de semana, estaba a un par de horas de tren de la gran urbe. Se paseó todo el día, observando el ir y venir de la gente del lugar. Recorrió las pequeñas callejuelas del centro, las urbanizaciones de las afueras, todo a pie, no tenía ninguna prisa, quería disfrutar de cada momento que sucediera en su vida.

Al caer la tarde se acercó a ver el mar, y decidió que allí se quedaría a vivir. Tenía todo lo que necesitaba, tiendas, sitios dónde pasear y estar tranquilo, pero sobre todo el mar, que le inyectaba fuerzas y una energía muy positiva que sentía fluir mientras observaba sentado en una piedra, como se ponía el sol. La belleza de las cosas simples, recordó.

Así que buscó un hostal en el centro y se quedó a dormir, al día siguiente buscaría un apartamento que tuviera todo lo que necesitaba a mano, la panadería, el colmado, la ferretería, la droguería, etc.

Habían pasado ya dos meses desde su renacimiento, y estaba instalado en su nuevo apartamento. Se había comprado una pequeña moto para andar por el pueblo, y un coche pequeño para cuando quería hacer desplazamientos más largos.

Montó una pequeña empresa de servicios, pensaba abarcar varios campos. Durante la limpieza de conocidos y amistades descubrió, hablando con unos y otros, que muchos de sus amigos estaban en una situación parecida a la que él estuvo viviendo antes de ser despedido. Gente con un espíritu rebelde y con un cuerpo cansado de dedicar su vida entera a su gran empresa, teniendo por única satisfacción, un montón de dinero y de enseres inútiles y banales. Así que acordó con varios de ellos montar la empresa, cada uno haría lo que mejor sabía hacer. Unos especializados en publicidad, otros en dar apoyo al desarrollo de los profesionales, otros a organizar eventos. Al final fueron 9 los que se apuntaron al carro, y con él eran 10 tipos independientes y felices de haber salido de sus “buenas vidas”.

Decidieron, que nadie era el jefe de nadie, que todos harían su trabajo y que se apoyarían en los demás para tomar las decisiones difíciles, o que afectasen a los demás.
Buscaron un local, para reunirse de vez en cuando y explicarse en qué andaban o qué proyectos tenían, y qué podían necesitar de alguno de los demás.

Se veían una vez a la semana, y después comían todos juntos. Al caer la tarde se sentaban todos en una piedra delante del mar, con una cerveza en la mano, a observar cómo se ponía el sol.

Se apuntó a cursos de cocina, de submarinsimo, de navegación a vela. Hacía todo lo que le apetecía. Intentaba aprender una cosa nueva cada mes, y luego practicaba.

Había conseguido que cada momento del día fuera excitante y emocionante, toda una aventura, que le colmara de satisfacción. Cualquier cosa que hacía era una fiesta, y la hacía de buen grado, pensando en qué le iba a aportar ese momento o esa actividad, sacándole partido a cualquier cosa que se le pusiera por delante.

Ahora se sentía feliz, contento, pleno y satisfecho de haber encontrado el camino de la BUENA VIDA de verdad.

Anuncios

Un pensamiento en “La buena vida II

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s