Un día en Gaza

Cuelgo de nuevo una entrada antigua, creo que no debemos olvidar lo que ocurre en otras partes del mundo, y aunque creamos que esto no va con nosotros, sí va con nosotros, recordad la teoría del caos, y si no os convence, pensad por un momento en las consecuencias que tienen los conflictos que ocurren en el mundo, sin ir más lejos echad un vistazo al precio del combustible hoy, y comparadlo con lo que pagábamos antes de la inmoral guerra de Irak, por citar un ejemplo.

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Además hoy, a principios del año 2011 están ocurriendo una serie de acontecimientos en el mundo árabe que son de trascendental importancia. Ocurra lo que ocurra en los países árabes que está habiendo revueltas, ya ha cambiado algo para siempre, el pueblo exige sus derechos, como seres humanos que son, y estas demandas están por encima de la religión. Se están produciendo en contra de regímenes dictatoriales y radicales, sistemas de gobierno poco legítimos y menos democráticos. Están hartos, y quieren un cambio en sus vidas. Túnez, Egipto, Yemen, …

Aquí os dejo de nuevo una pequeña historia ficticia, pero que podría ser muy real. 

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Se me ha ocurrido escribir como podría ser un día en una familia de Gaza. Esto me ha surgido después de escuchar una noticia, 300 niños muertos en tres semanas de guerra y 1.500 heridos. Es una cifra intolerable y vergonzosa, ¿qué les pasa a estos tipos? ¿Qué hace el resto del mundo? ¿De qué va esta historia?

Esto es ficción, inventado por mí, pero, podría ser.

Ahmed (quiere decir: el más fervoroso adorador) se despertó sobresaltado, en la casa no se oía ni un solo ruido. Se levantó de un salto y comprobó que toda su familia seguía allí, bueno lo que quedaba de ella, porque había perdido a tres hijos por culpa de la maldita guerra.

El mayor de sus hijos, Akram (quiere decir: muy generoso) creyó que si se sacrificaba conseguiría el cielo para él y la salvación para su pueblo, pero lo único que consiguió fue asesinar a más de treinta personas, mujeres y niños haciendo estallar su cuerpo envuelto en explosivos en territorio judío. Sólo tenía veinte años el muy insensato, dijo su padre entre lágrimas, cuando le dieron la noticia.

Sus dos hijas mayores, Baraka (quiere decir: bendición) y Fath (quiere decir: victoria) fueron apresadas al poco tiempo de de la muerte de Akram para ser interrogadas y nunca más volvieron a saber de ellas.

La familia de Ahmed, se había deshecho, había sido aniquilada. Su mujer Ihsân (quiere decir: beneficiencia) jamás había superado la muerte de su primogénito, nunca más quiso vivir, y esperaba que algo o alguien se la llevara con sus hijos desaparecidos.

Así que Ahmed fue a la habitación de los pequeños, Husain (quiere decir: pequeña belleza) una preciosa niña de siete años y Muhtadi (quiere decir: debidamente guiado) un niño de diez años. Estaban durmiendo plácidamente, con la boquita abierta, y enredados entre ellos y las sábanas como si se hubieran querido hacer un nudo para que, jamás, nadie les separara.

Después de comprobar que estaba todo en orden, se lavó y se vistió, hacía mucho frío, y se abrigó con toda la ropa que encontró en su armario. El armario estaba prácticamente vacío, entre los cambios de casa, huyendo de las bombas y los asedios de los israelíes, y lo que había regalado para que otros no pasarán frío, pudieran taparse los pies o simplemente llevar un pantalón o una camisa para cubrirse.

Salió a la calle con cautela, primero escuchó tras la puerta, acercando el oído a la fría madera, y después oteando por debajo de la puerta, arrodillándose en el suelo. Después Entreabrió la puerta y se asomó para comprobar que no había ningún movimiento sospechoso en la calle. Puso los dos pies en la calle, se quedó parado, como si estuviera al borde de un precipicio a punto de caer, con los pies muy juntos alineados sobre una marca imaginaria.

Empezó a andar, iba al mercado negro a conseguir un poco de leche y una hogaza de pan para que su familia pudiera desayunar. Hacía tres días que prácticamente no comían, las tiendas estaban vacías, y los mercaos tradicionales, o habían sido bombardeados y saqueados. Sólo se podía conseguir comida en la sede de la ONU y en el mercado negro. En la ONU daban comida, unos mínimos, pero era suficiente para sobrevivir todo el día una família como la suya. El problema es que el día anterior, de buena mañana los malditos bombardeos habían arrasado la sede que había en Gaza, y que había servido de refugio y de fuente de alimentos a muchas familias. Ahora sólo quedaba el mercado negro, dónde se pagaban precios exorbitados por una ración de pan y una frasca de leche. Pero Ahmed debía gastar su dinero en darle de comer a su familia, y le daba igual el precio.
De vuelta a casa, tuvo que correr a esconderse varias veces al oir el ruido de las cadenas de los tanques israelíes. Una de las veces casi se le derrama la leche, y maldijo por primera vez en su vida a esos molestos vecinos. Él había trabajado mucho tiempo en el territorio exterior, en Israel, y conocía a muchos judíos que eran buena gente y que siempre le habían tratado muy bien, con respeto, incluso a veces poníendose de su lado cuando el ejército había bombardeado la franja, o cuando no le dejaban entrar a trabajar. Su jefe en la fábrica de juguetes le decía que no se preocupara si no le dejaban pasar, él siempre conservaría su trabajo, y siempre le guardaría una silla para cuando lo necesitara.
Al llegar a casa, empezaba a haber movimiento, su mujer y su hijo ya se habían vestido y se estaban calentando al lado de la estufa que había en la cocina. Esa estufa siempre iba con ellos, era una de las pocas cosas que conservaban después de las ocho mudanzas forzadas que habían tenido que realizar. Ahmed pregunto por su hija Husain, y su esposa le dio que estaba todavía descansando. El médico le había dicho hacía una semana que la criatura debía tener reposo y total tranquilidad, porque si no volvería a tener un ataque de ansiedad, incluso que podría derivar en un infarto si el estado de nerviosismo y la presión eran muy grandes. Ahmed sufría mucho por esto, era su joya, su hermosa niña, lo que más quería en el mundo, y la sola idea de perderla le tenía muy malhumorado todo el día.
Desayunaron lo que Ahmed había traído más unas galletas que el día anterior les había dado un vecino. Después recogieron todo como si se fueran a mudar de nuevo y lo cargaron en la furgoneta. Esperaban que empezaran los bombardeos, como cada día más o menos a media mañana. Hasta ahora habían tenido suerte, la zona dónde vivían sólo había sido atacada elpriemr día y no había quedado muy afectada, todavía las calles seguían asfaltadas y prácticamente todos los edificios en pie. Pero tenían que estar preparados para lo peor, así que Ahmed cerró todas las persianas y sólo dejo una ventana abierta para escuchar y ver lo que ocurría en el exterior.
Empezaron a caer las bombas y la pequeña Husain empezó a temblar, Ahmed la acogió en su regazo e intentó tranquilizarla, acariciándole el pelo, y frotándole la espalda suavemente.
Las bombas empezaron a caer más cerca, incluso se empezó a sentir el terrible olor de fuego y cemento derrumbado, el polvo entraba por la única ventana abierta dentro de la casa, y Ahmed tomó la decisión de coger a toda su familia y salir a buscar un refugio mejor. Al pasar por la cocina, recogió deprisa y corriendo la poca comida que había quedado encima de la mesa, y tiró de la mano de su hija. Comprobó con la mirada que su mujer y su hijo Muhtadi les seguían de cerca. De repente una bomba cayó muy cerca y por un momento quedó aturdido por el estruendo y el polvo que llenó sus ojos, de nuevo siguió avanzando, comprobó que su mujer y su hijo venían detrás. Cuando cruzó la calle y apenas había andado cincuenta metro se dio cuenta de que había dejado atrás a su hija. Una sacudida le quebró el corazón, y tuvo una fuerte sensación de dolor y pérdida. Dejó todo lo que llevaba a cuestas y volvió sobre sus pasos, encontró a la pequeña en el quicio de la puerta, acurrucada en el suelo, temblando como un flan, y cuando la pequeña levantó la cabeza, Ahmed vió en su cara el terror, la cara desencajada, la boca entreabierta, y descubrió que intentaba decirle algo mientras respiraba apresuradamente. Se acercó a ella para calmarla, y ella le musitó cerca de la cara: "papá, te quiero mucho, no te preocupes estoy bien, todo va salir bien. Mañana quiero volver a desayunar tan bien como hoy, gracias por el desayuno, papá" y de repente se paró, paro de respirar y se estremeció de la cabeza a los pies. Husain murió en aquel mismo instante.
Había sufrido un ataque al corazón.
Ahmed se rasgó las vestiduras, tiró los trozos de tela lejos de él, lloró, se lamentó, gritó de rabia y dolor. Su más querida posesión había muerto.
Ahmed se sentó abrazando a su hija, y miró al cielo. Maldita guerra pensó, me ha arrebatado a casi todos mis hijos, me han asesinado, estoy muerto y no quiero vivir más. Los dos bandos han acabado con mi familia y toda mi felicidad.
Aquel día Ahmed abandonó a su hijo y a su mujer y se fue a la mezquita más cercana a entregarse a la causa. Quería morir, y que los que le habían robado y aplastado su amor sufrieran lo que él había sufrido.

Historias como esta, con matices y variaciones se suceden día tras día en Gaza. Es la vergüenza del ser humano, matar por la tierra, o por el miedo, o por si acaso, o por odio, o por religión, o por poder, da igual, aniquilar a un pueblo no es tolerable bajo ningún precepto.

Aquí os dejo una maravillosa canción cantada a dúo por dos mujeres, una judía y una árabe. Una maravilla.

Pensad en todo esto.

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5 pensamientos en “Un día en Gaza

  1. Felicidades, has descrito maravillosamente lo que a veces la humanidad olvida, y es que detrás de cada noticia hay personas que sufren. Es fácil escuchar y lamentarse calentitos tirados en el sofá mientras cenamos.

    Nekane

  2. Pau,
    me has llenado los ojos de lágrimas.
    Acabo de leer la noticia de la tregua de Hamás, quizá, al menos por un tiempo dejen de escucharse las bombas. ¡Ójala, en ese alto el fuego, pudieramos llevar la canción a los atormentados oídos de Ahmed!

  3. Gracias Nekane, me alegro que produzca este efecto lo que escribo. No todos podemos ir allí a echar una mano, pero de eso a lo del sofá hay mucho por hacer.

    Gracias María, me complace poder emocionar. Yo escribo con emoción y con el corazón y si consigo emocionarte y que pensemos un poco más en estos asuntos de vital importancia, me doy por satisfecho.

    Vuestros comentarios me dan impulso para seguir escribiendo, y esforzarme en hacerlo mejor cada día. Os agradezco vuestro tiempo.

  4. Una historia muy acertada y emocionante, muchas veces nos olvidamos de las persones para llegar a cualquier fin, dejando de lado la humanidad que tenemos, es un pena.

    Felicitats nanu, ens veiem aviat.

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