Me han robado

Leyendo el periódico el domingo un escalofrío le recorrió la espalda. Niños robados, alrededor de 1975, no es posible pensó para sí. Apuró el café y siguió con su ritual matutino dominguero. Después dl café y la tostada bañada en aceite un buen paseo a buen ritmo para despejar la mente y desengrasar los músculos.

TOSTADAS

Durante su paseo le siguió dando vueltas al asunto que le había sorprendido mientras leía el periódico. Niños robados de sus madres para venderlos. Madre mía, que barbaridad, quién podría hacer una cosa así, y menos una monja. A pesar de no ser nada religioso, creía en la labor de ayuda al desvalido de las monjas, siempre las había admirado por su devoción y su capacidad de sacrificio con los demás.

Llegó a casa y le preguntó a su mujer que hacía falta para preparar la comida. Así que cogió la lista y se volvió a la calle, dejó el coche y decidió ir andando a pesar de que su destino estaba a más de 40 minutos andando, pero el clima acompañaba, y sabía que pronto, debido al calor, no se podría permitir esos lujos.

Compró lo que faltaba, lechuga, cebolla, unos preciosos tomates, que olían que daba gusto, y unos pimientos asados envasados en cristal. Se dirigió a la caja y liquidó la cuenta, lo metió todo en la bolsa que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, y salió a la calle tan feliz.

De vuelta a casa se encontró con un vecino, buen amigo, y anduvieron el resto del camino juntos. El vecino le comentó la noticia que a él le había sorprendido esa mañana al leer el periódico. Y le dijo que un amigo de juventud había descubierto hacía unos meses que él era uno de los afectados, le habían robado, y a pesar de adorar a sus padres llevaba una buena temporada sin hablarse con ellos por haber cometido tal atrocidad. Pensó que él no lo podría soportar.

En ese momento le asaltaron todos los temores del mundo. Había nacido en el año 1974, y era adoptado, sus padres se lo habían dicho cuando era muy joven. Había nacido en una de las clínicas afectadas por el caso que ahora se investigaba. Todo cuadraba, menos sus padres, ellos no eran así. Era una familia acomodada, con capacidades económicas en aquel momento, y no podían tener hijos. Le contaron que lucharon por conseguir adoptarle durante mucho tiempo y que tras muchos fracasos y frustraciones lo consiguieron.

Sin darse cuenta aceleró el paso, tanto que su amigo no le podía seguir. Se despidieron y se fue a casa casi corriendo.

Llegó con la lengua fuera, y respirando con dificultad. Se paró en el descansillo y tomó aire, intentó serenarse, pero su corazón no le daba tregua, latía a mil por hora.

Metió la llave en el bombín, y abrió la puerta. Sus padres ya habían llegado, se encontró a su madre llevando una fuente de canapés a la mesa, y a su padre leyendo el periódico en el sofá. Les miró asustado, preguntándose si era posible que aquella gente maravillosa que le había criado, educado con firmes valores hubiera sido capaz de aquello.

Su padre le miró y al principio le sonrió, pero después su cara se fue tornando en una aterradora sombra e incluso le pareció que encogía. Había visto el periódico que llevaba bajo el brazo, él también lo estaba leyendo.

Su padre le indicó que se sentara a su lado con un gesto. Llamó a su madre y le pidió que se sentara también. Cerró el periódico, y le puso la mano en el hombro cariñosamente.

Efectivamente hijo mío, lo que te temes es cierto. Estamos muy arrepentidos de lo que hicimos, nuestra desesperación nos nubló la conciencia, y hicimos algo terrible.

Antes de que pudiera digerirlo, su padre siguió. Cuando tenías doce años buscamos a tu madre biológica, y la encontramos, pero muerta, había padecido una enfermedad fulminante.

Las lágrimas le brotaron, los sentimientos se contradecían dentro de sí, estaba confuso y perdido. Era lo peor que sus padres le podían decir. LE HABÍAN ROBADO. Habían pagado a alguien para que le separaran de su madre y se lo entregara a ellos. Se sentía como un producto cualquiera que se puede comprar en un súper. No podía concebir nada más terrible para una madre que le robaran a su hijo.

Ahora mismo les odiaba, les despreciaba como seres humanos. No sabía si algún día les podría perdonar.  Les echó de su casa, de muy malas formas.

Los años pasaron, no había vuelto a ver ni a saber de sus padres. Un día recibió una llamada, era su padre, le anunciaba con voz temblorosa que su madre había muerto. Se entristeció, y a pesar de no haber perdonado a sus padres por aquel acto despreciable, sintió una pena terrible por no haber vuelto a ver a su madre.

Fue al entierro, y se reencontró con su padre. se abrazaron, y a pesar de no haberle perdonado, intentó comprender, y le dio un abrazo. Sabía que a su padre tampoco le quedaba mucho de vida, se lo había dicho su tío. Prefería que pudiera morir en paz.

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A él no le habría gustado morir con esa carga y además sin el perdón de su hijo querido.

Pero jamás comprendió la maldad de esa gente que robó y vendió bebés.

Vidas robadas. Noticia en El País cuenta las terribles historias de muchos niños y niñas que fueron arrebatados a sus padres para venderlos.

Tremendas historias sin un posible final feliz. ¿Qué pueden hacer? ¿Odiar a sus padres adoptivos? ¿Encontrar a sus padres verdaderos y recuperar los años perdidos? Para mí, nada de esto es posible. La huella y el dolor de estas circunstancias son profundas y de difícil curación.

Un día en Gaza

Cuelgo de nuevo una entrada antigua, creo que no debemos olvidar lo que ocurre en otras partes del mundo, y aunque creamos que esto no va con nosotros, sí va con nosotros, recordad la teoría del caos, y si no os convence, pensad por un momento en las consecuencias que tienen los conflictos que ocurren en el mundo, sin ir más lejos echad un vistazo al precio del combustible hoy, y comparadlo con lo que pagábamos antes de la inmoral guerra de Irak, por citar un ejemplo.

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Además hoy, a principios del año 2011 están ocurriendo una serie de acontecimientos en el mundo árabe que son de trascendental importancia. Ocurra lo que ocurra en los países árabes que está habiendo revueltas, ya ha cambiado algo para siempre, el pueblo exige sus derechos, como seres humanos que son, y estas demandas están por encima de la religión. Se están produciendo en contra de regímenes dictatoriales y radicales, sistemas de gobierno poco legítimos y menos democráticos. Están hartos, y quieren un cambio en sus vidas. Túnez, Egipto, Yemen, …

Aquí os dejo de nuevo una pequeña historia ficticia, pero que podría ser muy real. 

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Se me ha ocurrido escribir como podría ser un día en una familia de Gaza. Esto me ha surgido después de escuchar una noticia, 300 niños muertos en tres semanas de guerra y 1.500 heridos. Es una cifra intolerable y vergonzosa, ¿qué les pasa a estos tipos? ¿Qué hace el resto del mundo? ¿De qué va esta historia?

Esto es ficción, inventado por mí, pero, podría ser.

Ahmed (quiere decir: el más fervoroso adorador) se despertó sobresaltado, en la casa no se oía ni un solo ruido. Se levantó de un salto y comprobó que toda su familia seguía allí, bueno lo que quedaba de ella, porque había perdido a tres hijos por culpa de la maldita guerra.

El mayor de sus hijos, Akram (quiere decir: muy generoso) creyó que si se sacrificaba conseguiría el cielo para él y la salvación para su pueblo, pero lo único que consiguió fue asesinar a más de treinta personas, mujeres y niños haciendo estallar su cuerpo envuelto en explosivos en territorio judío. Sólo tenía veinte años el muy insensato, dijo su padre entre lágrimas, cuando le dieron la noticia.

Sus dos hijas mayores, Baraka (quiere decir: bendición) y Fath (quiere decir: victoria) fueron apresadas al poco tiempo de de la muerte de Akram para ser interrogadas y nunca más volvieron a saber de ellas.

La familia de Ahmed, se había deshecho, había sido aniquilada. Su mujer Ihsân (quiere decir: beneficiencia) jamás había superado la muerte de su primogénito, nunca más quiso vivir, y esperaba que algo o alguien se la llevara con sus hijos desaparecidos.

Así que Ahmed fue a la habitación de los pequeños, Husain (quiere decir: pequeña belleza) una preciosa niña de siete años y Muhtadi (quiere decir: debidamente guiado) un niño de diez años. Estaban durmiendo plácidamente, con la boquita abierta, y enredados entre ellos y las sábanas como si se hubieran querido hacer un nudo para que, jamás, nadie les separara.

Después de comprobar que estaba todo en orden, se lavó y se vistió, hacía mucho frío, y se abrigó con toda la ropa que encontró en su armario. El armario estaba prácticamente vacío, entre los cambios de casa, huyendo de las bombas y los asedios de los israelíes, y lo que había regalado para que otros no pasarán frío, pudieran taparse los pies o simplemente llevar un pantalón o una camisa para cubrirse.

Salió a la calle con cautela, primero escuchó tras la puerta, acercando el oído a la fría madera, y después oteando por debajo de la puerta, arrodillándose en el suelo. Después Entreabrió la puerta y se asomó para comprobar que no había ningún movimiento sospechoso en la calle. Puso los dos pies en la calle, se quedó parado, como si estuviera al borde de un precipicio a punto de caer, con los pies muy juntos alineados sobre una marca imaginaria.

Empezó a andar, iba al mercado negro a conseguir un poco de leche y una hogaza de pan para que su familia pudiera desayunar. Hacía tres días que prácticamente no comían, las tiendas estaban vacías, y los mercaos tradicionales, o habían sido bombardeados y saqueados. Sólo se podía conseguir comida en la sede de la ONU y en el mercado negro. En la ONU daban comida, unos mínimos, pero era suficiente para sobrevivir todo el día una família como la suya. El problema es que el día anterior, de buena mañana los malditos bombardeos habían arrasado la sede que había en Gaza, y que había servido de refugio y de fuente de alimentos a muchas familias. Ahora sólo quedaba el mercado negro, dónde se pagaban precios exorbitados por una ración de pan y una frasca de leche. Pero Ahmed debía gastar su dinero en darle de comer a su familia, y le daba igual el precio.
De vuelta a casa, tuvo que correr a esconderse varias veces al oir el ruido de las cadenas de los tanques israelíes. Una de las veces casi se le derrama la leche, y maldijo por primera vez en su vida a esos molestos vecinos. Él había trabajado mucho tiempo en el territorio exterior, en Israel, y conocía a muchos judíos que eran buena gente y que siempre le habían tratado muy bien, con respeto, incluso a veces poníendose de su lado cuando el ejército había bombardeado la franja, o cuando no le dejaban entrar a trabajar. Su jefe en la fábrica de juguetes le decía que no se preocupara si no le dejaban pasar, él siempre conservaría su trabajo, y siempre le guardaría una silla para cuando lo necesitara.
Al llegar a casa, empezaba a haber movimiento, su mujer y su hijo ya se habían vestido y se estaban calentando al lado de la estufa que había en la cocina. Esa estufa siempre iba con ellos, era una de las pocas cosas que conservaban después de las ocho mudanzas forzadas que habían tenido que realizar. Ahmed pregunto por su hija Husain, y su esposa le dio que estaba todavía descansando. El médico le había dicho hacía una semana que la criatura debía tener reposo y total tranquilidad, porque si no volvería a tener un ataque de ansiedad, incluso que podría derivar en un infarto si el estado de nerviosismo y la presión eran muy grandes. Ahmed sufría mucho por esto, era su joya, su hermosa niña, lo que más quería en el mundo, y la sola idea de perderla le tenía muy malhumorado todo el día.
Desayunaron lo que Ahmed había traído más unas galletas que el día anterior les había dado un vecino. Después recogieron todo como si se fueran a mudar de nuevo y lo cargaron en la furgoneta. Esperaban que empezaran los bombardeos, como cada día más o menos a media mañana. Hasta ahora habían tenido suerte, la zona dónde vivían sólo había sido atacada elpriemr día y no había quedado muy afectada, todavía las calles seguían asfaltadas y prácticamente todos los edificios en pie. Pero tenían que estar preparados para lo peor, así que Ahmed cerró todas las persianas y sólo dejo una ventana abierta para escuchar y ver lo que ocurría en el exterior.
Empezaron a caer las bombas y la pequeña Husain empezó a temblar, Ahmed la acogió en su regazo e intentó tranquilizarla, acariciándole el pelo, y frotándole la espalda suavemente.
Las bombas empezaron a caer más cerca, incluso se empezó a sentir el terrible olor de fuego y cemento derrumbado, el polvo entraba por la única ventana abierta dentro de la casa, y Ahmed tomó la decisión de coger a toda su familia y salir a buscar un refugio mejor. Al pasar por la cocina, recogió deprisa y corriendo la poca comida que había quedado encima de la mesa, y tiró de la mano de su hija. Comprobó con la mirada que su mujer y su hijo Muhtadi les seguían de cerca. De repente una bomba cayó muy cerca y por un momento quedó aturdido por el estruendo y el polvo que llenó sus ojos, de nuevo siguió avanzando, comprobó que su mujer y su hijo venían detrás. Cuando cruzó la calle y apenas había andado cincuenta metro se dio cuenta de que había dejado atrás a su hija. Una sacudida le quebró el corazón, y tuvo una fuerte sensación de dolor y pérdida. Dejó todo lo que llevaba a cuestas y volvió sobre sus pasos, encontró a la pequeña en el quicio de la puerta, acurrucada en el suelo, temblando como un flan, y cuando la pequeña levantó la cabeza, Ahmed vió en su cara el terror, la cara desencajada, la boca entreabierta, y descubrió que intentaba decirle algo mientras respiraba apresuradamente. Se acercó a ella para calmarla, y ella le musitó cerca de la cara: "papá, te quiero mucho, no te preocupes estoy bien, todo va salir bien. Mañana quiero volver a desayunar tan bien como hoy, gracias por el desayuno, papá" y de repente se paró, paro de respirar y se estremeció de la cabeza a los pies. Husain murió en aquel mismo instante.
Había sufrido un ataque al corazón.
Ahmed se rasgó las vestiduras, tiró los trozos de tela lejos de él, lloró, se lamentó, gritó de rabia y dolor. Su más querida posesión había muerto.
Ahmed se sentó abrazando a su hija, y miró al cielo. Maldita guerra pensó, me ha arrebatado a casi todos mis hijos, me han asesinado, estoy muerto y no quiero vivir más. Los dos bandos han acabado con mi familia y toda mi felicidad.
Aquel día Ahmed abandonó a su hijo y a su mujer y se fue a la mezquita más cercana a entregarse a la causa. Quería morir, y que los que le habían robado y aplastado su amor sufrieran lo que él había sufrido.

Historias como esta, con matices y variaciones se suceden día tras día en Gaza. Es la vergüenza del ser humano, matar por la tierra, o por el miedo, o por si acaso, o por odio, o por religión, o por poder, da igual, aniquilar a un pueblo no es tolerable bajo ningún precepto.

Aquí os dejo una maravillosa canción cantada a dúo por dos mujeres, una judía y una árabe. Una maravilla.

Pensad en todo esto.

La buena vida II

Tres días después de haber sido despedido, y en teoría hundido, se levantó de la cama, se duchó, se fue a su despacho y se sentó delante de su ordenador, sin encenderlo, contemplando su reflejo en la pantalla.

Había pensado mucho en lo que había sucedido, pero sin buscar explicaciones, simplemente enfocando su energía en analizar qué había estado haciendo los últimos diez años. Analizándolo desde el punto de vista emocional, se había preguntado ¿realmente hacías lo que querías? o simplemente hacía lo que se esperaba de él, pero maldito estúpido, ¿quién esperaba qué de tí?. En su cabeza rondaban las ideas, ¿cómo había llegado tan “alto”?. ¿Qué inercia le había llevado a dónde estaba? ¿Quién era él? ¿Qué pintaba en todo lo que le había sucedido? Nada, él se había dejado llevar, tenía que ser el mejor, el más fantástico, el hombre perfecto, ganador, con todos los triunfos en el bolsillo. No recordaba quién le había metido esas ideas en la mollera, y era lo que llevaba tres día agobiándole. ¿Quién le había mandado hacer qué?

Sus padres lo único que le habían dicho era: sé libre, decide por tí mismo, haz lo que quieras. Y no había seguido ese consejo, lo que había llegado a ser no se lo habían exigido sus padres, ni ninguna de sus novias, ni sus amigos, nadie le había susurrado al oído que debía llegar a ser lo que era.

Buscó culpables en los que dirgían el país, o el mundo, incluso indagó en la religión que conocía y había practicado de pequeño. Nada, no había a quién echarle la culpa de su frustrante y superifcial “buena vida”. En realidad, él había tomado sus decisiones, a lo mejor sí había seguido el consejo de sus padres, y había hecho lo que había querido. Ni de coña, pensó, esto no es lo que yo quería, ¿en qué he invertido la mitad de mi vida?

Pero esa mañana se levantó con la mente despejada. Igual que había decidido por sí mismo llegar “tan alto” y ser un “hombre de provecho”, acababa de decidir desenfocar su vida para poder reenfocarla de nuevo. Era increíble, tenía todo el poder en sus manos. Era libre.

Trazó un plan para desenfocar su “buena vida”. Primero puso a la venta su magnífica casa, y su flamante coche, se deshizo de un montón de inutilidades que poseía. Empaquetó todos los carísimos trajes que tenía y los guardó para regalárselos a alguien que todavía no tenía pensado. Cada traje en un paquete con varias camisas, corbatas y dos pares de zapatos.

Su Casa parecía zona de guerra, con montones de cajas, con títulos grandes indicando su contenido y su objetivo, vender, regalar, conservar…

Úna vez terminada la primera etapa, ya estaba totalmente desenfocada su “buena vida”, ahora empezaba lo más duro, enfocar hacia adelante, reenfocar su vida. Esto le había llevado 3 meses, que le pasaron volando, sin darse cuenta.
Además de reorganizar lo que tenía, había empezado a indagar quién estaba en su vida por lo que tenía, y quién por lo que era. Sabía que esto le iba a llevar más tiempo, peró empezó, que era lo más difícil.

Luego se planteó que debía saber quién era, qué quería, qué camino tomar. Las grandes preguntas de la filosofía clásica. Nada fácil, pero tenía el convencimiento que después de haber liquidado a su antiguo yo, ahora la cosa sería más fácil.

Las conclusiones fueron llegando a base de poner el corazón en la mano, escuchó en su interior, en lo más profundo de su ser.

Tomó el tren y se fue a un pueblo, al que había ido muchas veces a pasar fines de semana, estaba a un par de horas de tren de la gran urbe. Se paseó todo el día, observando el ir y venir de la gente del lugar. Recorrió las pequeñas callejuelas del centro, las urbanizaciones de las afueras, todo a pie, no tenía ninguna prisa, quería disfrutar de cada momento que sucediera en su vida.

Al caer la tarde se acercó a ver el mar, y decidió que allí se quedaría a vivir. Tenía todo lo que necesitaba, tiendas, sitios dónde pasear y estar tranquilo, pero sobre todo el mar, que le inyectaba fuerzas y una energía muy positiva que sentía fluir mientras observaba sentado en una piedra, como se ponía el sol. La belleza de las cosas simples, recordó.

Así que buscó un hostal en el centro y se quedó a dormir, al día siguiente buscaría un apartamento que tuviera todo lo que necesitaba a mano, la panadería, el colmado, la ferretería, la droguería, etc.

Habían pasado ya dos meses desde su renacimiento, y estaba instalado en su nuevo apartamento. Se había comprado una pequeña moto para andar por el pueblo, y un coche pequeño para cuando quería hacer desplazamientos más largos.

Montó una pequeña empresa de servicios, pensaba abarcar varios campos. Durante la limpieza de conocidos y amistades descubrió, hablando con unos y otros, que muchos de sus amigos estaban en una situación parecida a la que él estuvo viviendo antes de ser despedido. Gente con un espíritu rebelde y con un cuerpo cansado de dedicar su vida entera a su gran empresa, teniendo por única satisfacción, un montón de dinero y de enseres inútiles y banales. Así que acordó con varios de ellos montar la empresa, cada uno haría lo que mejor sabía hacer. Unos especializados en publicidad, otros en dar apoyo al desarrollo de los profesionales, otros a organizar eventos. Al final fueron 9 los que se apuntaron al carro, y con él eran 10 tipos independientes y felices de haber salido de sus “buenas vidas”.

Decidieron, que nadie era el jefe de nadie, que todos harían su trabajo y que se apoyarían en los demás para tomar las decisiones difíciles, o que afectasen a los demás.
Buscaron un local, para reunirse de vez en cuando y explicarse en qué andaban o qué proyectos tenían, y qué podían necesitar de alguno de los demás.

Se veían una vez a la semana, y después comían todos juntos. Al caer la tarde se sentaban todos en una piedra delante del mar, con una cerveza en la mano, a observar cómo se ponía el sol.

Se apuntó a cursos de cocina, de submarinsimo, de navegación a vela. Hacía todo lo que le apetecía. Intentaba aprender una cosa nueva cada mes, y luego practicaba.

Había conseguido que cada momento del día fuera excitante y emocionante, toda una aventura, que le colmara de satisfacción. Cualquier cosa que hacía era una fiesta, y la hacía de buen grado, pensando en qué le iba a aportar ese momento o esa actividad, sacándole partido a cualquier cosa que se le pusiera por delante.

Ahora se sentía feliz, contento, pleno y satisfecho de haber encontrado el camino de la BUENA VIDA de verdad.

La buena vida I

Las 08.00, se puso el guante de plástico y empezó a echar gasolina. Mentalmente repasaba los puntos claves para la visita que tenía a las 09.00 en las oficinas de su cliente. Si cerraba la venta, sería su mayor logro profesional, era “el cliente”, el más deseado en el sector, el más difícil de conseguir y el que más le iba a llenar el bolsillo.

Tenía que pagar el cochazo que hacía menos de dos meses se había comprado, seguir pagando la altísima hipoteca, y los gastos infinitos que le producía su alto nivel de vida. El club de golf, los viajes a países exóticos, las cenas en restaurantes de diseño, la carísima ropa que siempre vestía, y un montón de facturas más que no sabía muy bien de dónde salían, pero como tenía dinero para pagarlo, no reparaba en ello.

Dejó el boquerel en su sitio, se quitó el guante y entró en la tienda para pagar. Remoloneó unos minutos en el stand de la prensa y finalmente cogió varios periódicos y una revista de barcos, estaba pensando en comprarse uno el próximo verano.
Cuando estaba en la cola para pagar, sonó el móvil, era su jefe, que le decía que fuera a la oficina, que se olvidara de la visita y que sin demorarse ni un minuto fuera a su despacho.

Le extrañó mucho, su jefe había estado serio y rudo con él, y no le había dado ni una sola explicación.
Durante todo el camino fue dándole vueltas a la cabeza, ¿qué podía ser aquello tan importante para dejar de lado “la visita”? Empezó a ponerse nervioso, no podía entender qué había ocurrido, el negocio iba bien, él era el mejor en su trabajo, su departamento crecía y crecía, sus chicos funcionaban como una máquina bien engrasada, sin problemas, sin quejas, era el departamento al que todo el mundo quería ir a parar. ¿Habría hecho algo alguno de sus chicos? ¿Algún cliente se había quejado?

Por más vueltas que le daba, no podía imaginar qué era lo que ocurría en la oficina que fuera tan urgente.
Aparcó en su plaza reservada, se puso la chaqueta, y recogió la bolsa con el portátil, iba siempre con él a cuestas, com si formara parte de su cuerpo. Subió al ascensor y pulsó el botón. Salió del ascensor, serio y concentrado, y se fue en busca de su secretaria, la encontró fuera de su sitio, charlando con otras tres secretarias, le preguntó si sabía de que iba todo esto, y ella le respondió encogiéndose de hombros y bajando la cabeza.

Se paró delante de la puerta del director, cogió aire y llamó, le abrió la puerta la secretaria y le dijo que se sentara un momento, que enseguida le atenderían.
Se abrió la puerta y apareció el gran hombre, gran hombre en todos los sentidos, por entidad y por presencia física. Le saludó cortesmente y le indicó que entrara en el despacho. Allí había dos persona más a las que nunca había visto antes, le saludaron y tomaron asiento en el sofá de piel que quedaba ligeramente apartado de la mesa del jefe.
Se sentó en un sillón amplío y cómodo, en el que ya había estado muchas veces charlando con el manda más.

El jefazo no se sentó, se apoyó en la mesa con las dos manos, y mirándole fijamente a los ojos, le dijo que debía entregar la tarjeta del párking y las llaves de la oficina. Tenía media hora para recoger las cosas de su despacho.

No se podía mover, estaba petrificado, no entendía nada, ¿qué había hecho mal? ¿dónde estaba el error? ¿qué ocurría?
Su jefe le explicó, sin andarse por las ramas, que su sueldo y sus comisiones eran un lastre para la empresa, y a pesar de apreciar la gran labor y el importante negocio que había aportado a la compañía, habían encontrado a alguien que podía realizar su trabajo por la mitad de lo que él ganaba. Incluso, en voz un poco más bajita, reconoció que seguramente no lo haría tan bien como él, pero que el ahorro era ahora mismo lo más importante.

Cabizbajo y contrariado salió del despacho principal acompañado por uno de los tipos que había asistido a su despido. Le siguió a cierta distancia, prudentemente, pero sin quitarle ojo de encima. Llegó a su despacho, y todavía en trance, recogió sus enseres personales, los metió en una caja que se encontró encima de la mesa de su despacho, y salió sin levantar la cabeza.

Una vez en el garaje, se subió a su flamante coche, respiró hondo, cerró los ojos, y tras un par de minutos asimilando lo que había ocurrido se dirigió hacia la salida, dónde entregó la tarjeta a su obstinado acompañante, el cual se despidió amablemente de él con una medio sonrisa en los labios.

Tomó el camino de vuelta a casa, casi sin darse cuenta deshizo el camino que apenas una hora antes había recorrido. En cuanto llegó a la puerta de su casa, aparcó el coche, y abrió la ventanilla del coche. Respiró hondo de nuevo, cerró los ojos con todas sus fuerzas, e intentó que brotara alguna lágrima, de tristeza, desesperación, frustración, o lo que fuera que debía sentir en ese momento, pero nada, ni una sola gota de solución salina. Abrió los ojos de nuevo, observó el césped perfectamente cortado, las flores inmejorablemente alineadas, y aspiró con fuerza todo el aire que pudo, lo retuvo y luego lo soltó lentamente. Cerró la ventanilla, salió del coche y se sentó en el suelo humedecido por el riego automático de su fantástico jardín. Esbozó media sonrisa, puso la cabeza entre las piernas y se quedó durante un largo rato allí sentado, mojándose el culo, riéndose cada vez con más ganas.

Su “buena vida” se había acabado. Esto era el fin de todo por lo que había luchado y trabajado duramente toda su existencia.

Empezaba algo nuevo, se sentía bien, con fuerza, iluminado, capaz de hacer lo que quisiera. Empezaba algo nuevo.

Continuará …